Viene del capítulo II:
La cuestión en esta situación que estresaba mogollón, es que en una hora salía mi nuevo avión, que vuela aunque pesa un montón. Y en la era de la comunicación (y hago ya un parón) descartado el teléfono, te queda internet.
Me parecía obvio que un aeropuerto debía disponer de algún ordenador de uso público con el que conectarse al mundo, así que pregunté en un stand de iberia dónde podía encontrar un artefacto así. Entonces una azafata de aparente simpatía se intersó por mis necesidades, y tras un valioso y eterno rato de extraño diálogo y tanteo, me ofreció su propio ordenador, pero eso sí, a cambio de que le dejara mis datos para su maldita promoción de puntos iberia. Ante mi negativa, me señaló por fin tres maquinitas que teníamos justo en frente. Mis padres son grandes educadores y es por eso que la dejé vivir.
Cada ordenandor-maquina era de un color, y yo escogí el naranja. Sólo aceptaba monedas de un euro, que por supuesto yo no llevaba encima, así que seguí conociendo a gente por el aeropuerto para conseguir esas monedas tan versátiles a través del trueque. El estrés era ya tal, que por arte de magia me acordé de Kika. Me la imaginaba pendiente del correo y es una amiga común de la gente con la que viajaba así que me venía de perlas para conseguir teléfonos, y para que ella misma informara a mis compañeros de la situación. Después intenté conseguir la dirección de la sala dónde tocábamos para saber dónde ir una vez en Barcelona, pero tocabamos en luz de gas, y resulta que también hay una sala luz de gas B… una vez más yo no sabía cual de las dos era.
Aprovecho para hacer un descanso en este ladrillo-post.

En medio del festival, se me ocurrió buscar un correo en el que tuviera un alguno de los teléfonos de los miembros de la banda, pero me estaba quedando sin monedas y decidí ir a comer algo y aprovecharlas luego.
Como soy músico me pedí una flauta de jamón serrano y una botella de agua, por los que pagué casi 10€. Pero para eso estaba la tarjeta. Vuelvo a la maquina, y esta vez escojo la azul, puesto que el teclado de la naranja era inhumano. Nadie había contestado mis emails pero consigo los telefonos. Tras pelearme con algunas cabinas que se iban tragando los pocos euros que me quedaban (todo esto es real) por fin contacto con Alex Mártinez, lider de la banda que, conciliador y aliviado, me aseguró que me irían a buscar al aeropuerto de Barcelona para ir juntos a la sala, y que todo iría bien (es un santo).
Solté por fin el bajo y un libro de Jaime Gil de Biedma que llevaba toda la mañana en mi mano. Me fumé un milagroso cigarro en la jaula diseñada para ello, y me decidí a empezar a ser un poco más espabilado en la vida, mientras albergaba la esperenza de lo que acabó pasando:
FINAL FELIZ
