La noche del pasado martes, mi coche volaba entre semaforos de dudoso color (la diferencia de conducir de noche o de día en Madrid es, efectívamente, como la noche y el día) mientras unos amigos y yo, nos dirigíamos a un bar de taxistas para tomar un “tentenpié” a eso de las tantas.
Cuando lleagamos al lugar había muchos taxis aparcados, esperando como perros en la puerta de un super; y me dispuse a estacionar mi “oveja negra” tan indevidamente como el resto.
Andaba maniobrando y observando a tres muchachas que paseaban por allí, hasta que la incompatibilidad de estas dos acciones se personificó en un “crack” que abofeteó mi sentido común.
Tan obvio resulta decir que mi victima fue un taxi, como que los testigos fueron dos taxistas que salían del bar en cuestión.
Todos nos dirigimos a observar el efecto del choque (con la avidez con que los alumnos de autoescuela van a ver si han aprobado el teórico) para certificar que allí estaba lo que unos deseaban y otros temíamos:
“la rajita”
Los taxistas se transformaron entonces en compañeros, que decían:
-Bah, eso no es nada. Tú haces el parte y todo arreglado. – (qué mordaz!)
- Sí, espera a que aviso a nuestro COMPAÑERO.
Escribo esto último en mayúsculas, porque me sonó mazo apocalíptico y me imaginaba a un tipo grande, fuerte y tan borracho como cejijunto.
Todo lo contrario. Apareció un tipo normal, y yo me mostré tan tranquilo y colaborador, que al final había hasta feeling, y cuando ibamos a hacer el parte dijo:
- Mira, el coche no es mío, es de mi jefe, así que mejor cojo tu teléfono y la matrícula, y si a él le parece que merece la pena arreglarlo -cierto es que era bien poca cosa- pues ya hacemos el parte.
- Lo que tú prefieras – Dije yo (yeeeha)
Al día siguiente veo en mi móvil dos llamadas perdidas de un número desconocido y un mensaje de texto que transcribo literal:
Soy xxxx el taxista de anoche que he hablado con mi jefe y me ha dicho que no te preocupes que no da parte que es una porquería de golpe y no merece la pena arreglarlo.
…
No sé al lector, pero para mi, que este hombre se haya molestado en llamar, insistir, y escribir un mensaje en favor de mi tranquilidad ¡despues de darle un golpe! me parece, en los tiempos que corren, tan heroico como motivador. Y me hace irme a la cama con media sonrisa y más confianza en el ser humano.
Otra cosa es lo de su jefe, porque oiga, el golpe sería una porquería… ¡pero era mío!